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Un fracaso de país: en 2017 el déficit comercial argentino registró un récord de 8471 millones de dólares

La consecuencia de vivir en una economía cerrada.
Un fracaso de país: en 2017 el déficit comercial argentino registró un récord de 8471 millones de dólares

El déficit comercial argentino –la diferencia entre los bienes importados y exportados por el país– es un reflejo del fracaso inevitable de toda economía cerrada: en 2017 registró un récord de 8471 millones de dólares (producto de importaciones y exportaciones totales por 66.899 y 58.428 M/u$s).

Los eslóganes marketineros tales como “Argentina supermercado del mundo” o “producimos alimentos para 400 millones de personas” quedan ridículos frente a la realidad de las estadísticas (que afortunadamente volvieron a ser confiables luego de una década de tergiversación delictiva por parte del régimen kirchnerista).

En la página 27 del informe sobre Intercambio Comercial Argentino publicado hoy por el Indec puede verse que en el primer puesto del ranking de bienes exportados con mayores ganancias absolutas en 2017 respecto del año anterior figuran los camiones de carga con ventas por 3290 M/u$s (+707 M/u$s que en 2016).

La cuestión es que la mayor parte de los componentes de los camiones exportados por la Argentina son, en realidad, importados, lo que hace que este sector en particular y toda la industria automotriz en general consuma muchas más divisas de las que genera. En 2017, según datos del Banco Central (BCRA), las plantas ensambladoras de vehículos tuvieron un déficit cambiario de 9074 M/u$s, lo que implica que otros sectores económicos superavitarios deben financiar la aventura de pretender que tenemos una industria automotriz.

Lo que sí tenemos es uno de los sectores agroindustriales más eficientes del orbe, el cual –hablemos claro– no se focaliza en la exportación de alimentos, sino en la de insumos para el sector alimentario (fundamentalmente cereales y harinas vegetales que se emplean para transformarlas, en los diferentes destinos, en carne aviar, porcina y bovina).

Podríamos llegar a tener algún día –quien sabe– una industria alimentaria tan gigantesca como la agroindustrial. Pero las naciones deficitarias de nutrientes aplican un arsenal de barreras proteccionistas para impedir el ingreso de alimentos porque prefieren, lógicamente, importar insumos para crear empleos por medio de la transformación de los mismos en alimentos en su propio territorio.

La mejor evidencia del fracaso argentino como “supermercado del mundo” es el hecho de que en 2017 el déficit comercial con China –la principal importadora de alimentos del mundo– fue de 7736 M/u$s.

Podríamos venderle más alimentos a los chinos, pero, para eso, deberíamos integrarnos comercialmente con ellos, abriendo nuestro mercado a las cosas que ellos producen en cantidades abismales –como, por ejemplo, camiones– para que nosotros podamos hacer lo mismo con los alimentos en esa plaza. Si replicamos ese proceso con otras naciones importadoras de alimentos que fabrican camiones –como Japón, Corea o Tailandia– seguramente nos encontremos algún día con una variedad enorme de modelos a precios baratísimos con respecto a los valores actuales de los pocos equipos disponibles.

Ese proceso, en caso de que algún día Argentina decida encararlo, no es gratis, porque implica, siguiendo con el ejemplo de los camiones (aunque son muchos los sectores que estarían involucrados), que las terminales ensambladoras deberían reconvertirse de manera profunda para adaptarse al nuevo contexto. Probablemente muchos empleos industriales se perderían para ser reemplazados por otros en las áreas de marketing, ventas y servicios mecánicos. Salir de una economía de entrecasa para empezar a competir con titanes globales tampoco es gratis: requiere toneladas adicionales de esfuerzo, dedicación, talento y creatividad.

Este tema, lamentablemente, no forma parte de la agenda de la clase dirigente argentina (concepto más amplio que el de gobierno e incluso más abarcativo que el de la corporación política) porque la misma cree que ni ellos ni la masa crítica de la población local tienen lo que hace falta tener para encarar ese proceso. Tanta falta de confianza se tienen.

La mala noticia es que, en el mundo en el que vivimos, la torta por repartir en una economía de entrecasa es cada vez más reducida, lo que genera no sólo que haya cada vez menos para repartir, sino que además habrá cada vez más gente que no recibirá nada.

Ezequiel Tambornini

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