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La construcción de sentido: un factor crítico para que los trabajadores se comprometan con la empresa

La construcción de sentido: un factor crítico para que los trabajadores se comprometan con la empresa

El trabajo de ordeñador de vacas lecheras es probablemente una de las actividades más exigentes en términos de requerimientos físicos. Implica levantarse a la madrugada para arrear a los animales hacia el tambo. Lavar los cuatro pezones de cada una de las vacas para luego extraer algunos chorros de leche (operación denominada “despunte”), de manera tal de comenzar a estimular la bajada de leche y verificar que no haya presencia de enfermedades como mastitis. Luego es necesario secar los pezones para, inmediatamente, colocar las cuatro pezoneras. Esperar que termine el ordeño. Repasar con un producto especial los pezones para desinfectarlos y sellarnos, para que así permanezcan cerrados, porque, de lo contrario, seguirán abiertos por aproximadamente una hora más (en la naturaleza algo necesario por si algún ternero se quedó con hambre y quiere repetir). Conducir, una vez terminado el proceso, a las vacas hacia las pasturas o sectores de distribución de alimento balaceado. Lavar y desinfectar las instalaciones. Y volver a repetir toda la operatoria por la tarde (segundo ordeño del día).

Las vacas no se toman vacaciones: necesitan ser ordeñadas todos los días sin importar qué suceda en el exterior (lluvias torrenciales, vientos fuertes, frío extremo, calor insoportable, etcétera). Una encuesta representativa realizada a trabajadores de empresas lecheras localizadas en diferentes regiones productivas argentinas determinó que los aspectos considerados más desagradables son el barro, las temperaturas extremas y los horarios (un 64% de los consultados comienza a realizar el primer ordeñe antes de las cuatro de la madrugada). Un 76% de los encuestados calificó su trabajo como “sacrificado” o “muy sacrificado”. La muestra de 1184 trabajadores estuvo integrada mayormente por varones (87% de los consultados) y casi la mitad de la misma correspondió a personas con menos de 30 años de edad. El 46% de los encuestados tenía menos de dos años de antigüedad en el puesto de trabajo (factor que indica alta rotación).

En algunas regiones de alto desarrollo económico, como el norte de Europa continental o Australia, comenzaron a emplearse en los últimos años –de manera creciente– sistemas de tambos robotizados que liberan a las personas de las tareas de ordeño. La ventaja de la robotización consiste en la eliminación de los horarios extremos y las tareas sucias para emparejar las características del trabajo lechero con cualquier otro realizado en ámbitos urbanos. Por ejemplo: con esa metodología los trabajadores pueden levantarse a eso de las ocho de la mañana para comenzar su jornada laboral; no es necesario madrugar. Y el equipo robotizado, además de realizar las prácticas de rutina (lavado, secado y desinfección de pezones, detección de mastitis, ordeñe con brazos mecánicos y lavado las pezoneras), lleva un registro digital con datos productivos y sanitarios de cada una de las vacas del establecimiento.

Pero en las naciones menos desarrolladas los tambos robotizados son un juguete –por el momento– demasiado caro. Y las empresas lecheras tienen crecientes dificultades para encontrar personas dispuestas a realizar una tarea tan sacrificada. ¿Es posible lograr compromiso en tales condiciones? Parece un desafío difícil. Pero no imposible.

Juan Argentino “Jock” Campbell, empresario lechero con establecimientos localizados en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires, logra entusiasmar a los trabajadores al ofrecerles una “carrera” en lugar de solamente un empleo. Cada pareja o matrimonio que ingresa a trabajar –se promueve el trabajo tanto del hombre como de la mujer– puede eventualmente ascender al puesto de encargado de tambo. El contrato de todos los encargados se extiende por cinco años y no se puede renovar; por lo tanto, al terminar dicho período, tienen que dejar la empresa. El objetivo es que, una vez finalizada la “carrera” de tambero, puedan usar sus ahorros para un próximo emprendimiento, para lo cual la empresa brinda capacitación sobre desarrollo de modelos de negocios en los cuales invertir su capital. El trabajo es sacrificado (un franco semanal con treinta días de vacaciones por año, pero de los cuales quince se pueden tomar juntos, mientras que los otros quince deben ser usados por separado por los integrantes del matrimonio). Pero, al estar bien remunerado, permite que las parejas vayan construyendo su casa, comprando un departamento o montando un negocio –como por ejemplo una carnicería en el pueblo del que son oriundos– al momento de abandonar la empresa. La rotación de encargados de tambo con plazos bien determinados permite que los que están abajo tengan perspectivas concretas de progreso.

“Creemos que todos los colaboradores deben crecer económicamente, es decir, generar una capacidad de ahorro más allá de sus aspiraciones materiales inmediatas, como electrodoméstico o autos”, apunta Campbell. “La idea es que lo compartan como un proyecto de vida. A los que llegan a titulares les inculcamos la idea de pensar estratégicamente, como socios con sus esposas/os, planificando algún emprendimiento para cuando se van de esta empresa”, añade. El modelo, además de un tambo, es también una “fábrica de emprendedores”. No es un trabajo agradable. Pero adquiere sentido si a las personas se les da la oportunidad –capital y conocimiento– para independizarse económicamente por medio de la construcción de algo propio.

Los trabajadores que encuentran un sentido a la tarea que realizan están motivados con una energía que los impulsa hacia un horizonte, una meta o propósito, mientras que, por el contrario, quienes trabajan considerando que su tarea no tiene sentido, desarrollan sus tareas empantanados en la rutina del aburrimiento, la desidia o la desesperación.

Imaginemos a un matrimonio de ordeñadores que reciben una remuneración enorme. Es un trabajo durísimo, pero, con tanto dinero de por medio, ¿qué podría andar mal? Ahora intentemos elaborar cómo ese matrimonio se imagina trabajando hasta el fin de su etapa activa en una actividad tan exigente. Grandes sumas de dinero pueden ayudar, por un tiempo, a enmascarar el déficit de sentido de la tarea desarrollada. Pero, tarde o temprano, la ausencia de perspectiva de una vía de escape hace que la naturaleza humana se rebele para intentar recuperar la gestión de la propia experiencia existencial. Esa realidad forma parte de la dinámica constitutiva de todos los hombres y mujeres normales, más allá de cuál sea su origen, educación y condicionamientos.

La construcción de sentido, si bien es personal, está relacionada con la capacidad de contribuir a la comunidad para satisfacer el instinto gregario presente en toda personal normal. El sentido del trabajo –sea o no de manera explícita– está unido a la capacidad concreta de ser considerado útil por los demás.

El presente texto forma parte del libro “Trabajadores esclavos que creen ser libres” de Ezequiel Tambornini (2019).

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